guanajuatobest.com Blog


La función de los olvidados.

Posted in Uncategorized by Guillermo Smith on the April 23rd, 2000

La tercera campanada del llamado a escena, suena lúgubre en el panteón de Santa Paula una oscura noche en que el silencio se escuchaba, pues los ruidos cotidianos cesaron por completo.

                Poco a poco y uno a uno se fueron aproximando, como en un conjuro, un grupo de conciliados a una tumba donde la figura estoica, gallarda y espigada, en cuyo rostro el perfil y la mirada ostentaba arrogante, la grandeza de carácter del nombre que grabado en la tumba se leía:

 ARMANDO OLIVARES CARRILLO


                 Los abrazos y saludos se cruzaban entre todos, ya los unos, ya los otros, como están vuestras mercedes?

                El maestro Ruelas prende presto su cigarro y observa el paso lento con que Cepeda Chowell hace ya su aparición.                 Martín del Campo aparece y todos comentan a coro como te ha tratado la muerte, que estás como en vida, en los huesos.

                Benny Smith enciende un interruptor y en menos que te digo esto, conecta los reflectores y la escena se ilumina produciendo largas sombras.

                Que dantesco espectáculo que asusta por igual a fantasmas y espíritus chocarreros que de ahí son moradores.

                 Con jolgorio se presentan con colores llamativos las ninfas de la actuación: Piquy Smith, Lucila Carmona, Hilda Ávila, Blanca Malo; llenando con sus sonrisas los sonidos del silencio del que lectores criticones comentaron con sarcasmo, que el silencio no se oye.                 Guadalupe Herrera, Domínguez Padró, Virgilio, Luis Ferro, Humberto Guevara, Antonio Sánchez Palillo, Guillermo Puga, Carmelo, Ibargüengoitia, Pancho Manjarrez, Salvador Lanuza, Enrique Pérez Cancio y otros que no se olvidan, responden con un presente, llegando unos más antes que otros, pero al filo de las doce, todos de cuerpo presente completaron esta trascendental reunión.

                Un galope de jumentos interrumpe el hecho tal, es la recua de los burros que cabalga con aplomo Don Benito, el burrero titular.

                El tañer de las campanas volvió a hacerse presente y de espesa niebla surge la excelsa figura del Manco de Lepanto, Don Miguel de Cervantes Saavedra, el cual con augusta venia saluda a los conjurados.   

QUERIDOS AMIGOS SOIS

LOS AQUI TODOS PRESENTES

HACE AÑOS QUE NO HE SABIDO DE VOS

PERO A TODOS GUARDO APRECIO

POR SU AMOR Y SUS DESVELOS

EN DAR VOZ A MIS PENSARES.

                Olivares, paso al frente, se dirige al ilustre escritor y con firmeza en el uso de la voz, se le escuchan estas palabras:

                Ya serán casi 50 años que te despertamos de las polvosas páginas de tus letras y poemas y el motivo de esta charla, es acordar los arreglos de la celebración de tan augusta fecha, cual corresponde a los miembros fundadores de estas representaciones.

                 Cervantes tercia y observando con intriga contenida, pregunta con voz sonora:

                No distingo entre vuestras mercedes la presencia de Gloria Ávila, Corona, Ortiz, Del Pozo, Teresa Quezada, Carlos Castro, Clementina Téllez, Raúl Aranda, Eugenio Trueba y otros no presentes, qué es esta descortesía de tan nobles discípulos de mis artes literarias? 

                Manuel Leal le contesta con presteza y presición: 

               No es de ellos culpa tal, el que aún nuestro Señor al descanso final no los haya convocado.

                 Y ante tal contrariedad “el pájara” interviene con brillante elocución, proponiendo con desvelo suspender la conmemoración dada la falta de importantes personajes del repertorio aún ausentes.

                Sentados sobre las tumbas empieza la discusión, por todos los menesteres de dar vida a la función, unos opinan lo uno, otros opinan lo otro y al final como en el dicho dice:

                 Cuando los que saben dicen, se acaba la discusión.

                Y el consenso general y por voto universal se nomina a aquél sin par, que en vida llevó los apellidos Olivares Carrillo, para que en hecho nunca visto, se presente en el más acá con objeto principal de acordar tan sonada celebración.

                 De inmediato y dando un giro a su capa caballera, parte y con paso desafiante y presto cruza el umbral del camposanto por la puerta del panteón.

                Minúsculo paso es el cruzar esta barrera que conecta el mundo aquel, con el de los que aquí. estamos.

                 Un súbito resplandor le enceguece de momento, pues cientos de luces titilan frente a sus ojos y un bullicio sin igual, en el aire se hace presente, inquiriéndose a sí mismo, la razón del ruido tal.

                Baja ya por Tepetapa rumbo al Jardín de La Unión, al cruzar la calle Juárez un taxista lo maltrata, con palabras del castizo que escribirlas, la censura nos impide su impresión.

                 Con intriga contenida en su mente de letrado, recuerda con gran cariño a los chafiretes de antaño, que dieron lustre y tradición al oficio del manejo, de los carros de motor.

                Ya cerca de la Basílica, contempla con desmesura una multitud grotesca, de jóvenes malolientes, que con fervor pagano beben vino, fuman hierba y en plena calle realizan actos de erotismo puro.

                 Indignado e iracundo interpela a un mozalbete, preguntando que de qué se trata este bacanal mitote y con aire de desparpajo contesta el mozo tal:

                 Es el Festival Cervantino, que a poco no esta de pelos?, aclara con satisfacción.                 La palidez ya permanente en el rostro de nuestro personaje, se acentúa y, sin tomar aliento, recorre con ánimo descompuesto, el camino ya trillado a la Plaza de San Roque, en el que por cosas del destino, en esos precisos momentos, se representa la función de los Entremeses Cervantinos.

                Entra a la plaza como hace años ya, contemplando estupefacto la actuación, que con desgano interpretan, los actuantes de ese día, las presencias desgarbadas, los párrafos sin carácter, las escenas al ahí se va.

                Esta vez la palidez en el rostro del ilustre personaje entra en roja ebullición, interrumpiendo la función y con justa indignación interpela a los presentes:   

QUE HAN HECHO CON NUESTRA CREACION?

LE HAN QUITADO EL CORAZON

AL IDEAL QUE NUESTROS HOMBRES

DIERON LUSTRE A LA CIUDAD.

                De inmediato los guardianes de la H. Autoridad se presentan ipso facto y con cuatro macanazos reconvienen al causante de terrible impertinencia, trasladándolo en el acto a la misma inspección, con los cargos y agravantes de disturbio en vía pública y suplantación de persona, al tratar de identificarse con el nombre del insigne personaje, ya extinto años atrás.

                Triste y desconsolado, pide la presencia del antiguo compañero de bohemias, lances caballerescos y una que otra francachela y al instante es convocado, el que es versado en leyes y tiene por nombre Alfonso Prado, que entre otros menesteres, dice el vulgo a oído quedo, que es amigo de fantasmas y platica con espíritus que en la noche deambulan.

                 La reunión es emotiva, con las rejas de por medio, los amigos de antaño se hacen uno en un abrazo, que hace a los corazones recordar las viejas glorias compartidas y de las que el mismo Jorge Ibargüengoitia registró en sus pasos por las ruinas que hoy aún vemos con orgullo citadino.

                El coloquio interrumpido años ha, se inmediato se reinicia, poniéndose al corriente de hechos y desfiguros, que fueron aconteciendo.

                 La historia se reconstruye y en la mente de este hombre, la congoja es manifiesta y ensombrece el agudo rostro, de pesares ya indigesto.

                De repente y con grande conmoción, se escuchan palabras de gran intensidad, dirigidas sin recato a la guardia del lugar. Es Isauro Rionda que, alertado por los chismosos del pueblo, se presenta y de inmediato conmina al jefe de barandilla, la instantánea libertad de tan insigne personaje, que dio lustre a la ciudad.

                 Salen ya nuestros personajes y con paso titubeante y la mente en confusión, se despiden con tristeza, renovando el juramento que dio vida a la secta de los caballeros de la capa.

                Alfonso Prado enfila rumbo a su casa, pensando con cierto regocijo, que cuando Dios lo decida, irá donde sus amigos lo esperan para continuar los lances de la cofradía tan renombrada.

                 Isauro Rionda acompaña a tan recio visitante del inframundo hasta el archivo histórico, donde se bifurca el camino de estos amigos de antaño, el uno penetra al edificio donde, aunque no lo sabe aún, la historia lo alcanzará y será un legajo más en los anaqueles, de los que fue celoso guardián.

                Mientras tanto la hidalga figura camina con paso lento, rumiando su desventura y al subir por Tepetapa un grupo de vándalos lo intercepta al grito de : entrega el dinero o aquí te mueres.

                Ingrata paradoja para este ser, que el dinero hace decenas de años que no lo usa y, en cuanto a morirse, para alguien fallecido, no tiene relevancia, pero en cuanto a la ofensa tan altanera de estos engendros del demonio, nuestro héroe que nunca se doblegó, nunca dio un paso atrás y como en ya pasados tiempos, enarbolando el estandarte de la Universidad, enfrentó a los estudiantes, que estaban alborotados y que con una arenga que en los corazones de los que lo escuchamos, caló hondo y nos regresó a la disciplina y respeto que todo bien nacido guanajuatense, debe a nuestra institución.

                 Tomó Olivares un pedazo de escoba, que utilizó diestramente y con gran agilidad, para repartir mandobles a diestra y siniestra.

                 Desigual era el encuentro, dado el número de adversarios, pero poco a poco fue imponiéndose la recia forja de nuestro indómito personaje.                 La cara de espanto se hizo evidente y la cobardía propia de estos rijosos hizo crisis al ver que sacaban la peor parte, saliendo en desbandada la mayoría, con dirección a derechos humanos para levantar queja formal, de los golpes y moretones que habían recibido de tan irascible personaje.

                Mientras tanto, el señor de nuestra historia con el cuerpo magullado y una que otra escoriación, penetra la fría verja de la entrada del panteón, donde se lee el siguiente texto, que a la letra dice así:   

HOMBRE QUE VAS EN POS

DE LA QUIMERA FALLIDA

AQUI TERMINA LA VIDA

Y EMPIEZA LA ETERNIDAD

                Adentro lo esperan con la paciencia que da tener la vida eterna y con lágrimas contenidas, relata con voz entrecortada, las peripecias sucedidas en su viaje terrenal.

                El asombro y la tristeza se reflejan por doquier y se escucha un murmullo contenido que dice: por Dios, que han hecho con lo que dejamos atrás, con la ciudad que nos dio luz en nuestras vidas pasadas? 

               Lentamente y uno a uno, nuestros personajes dan la espalda y regresan a sus moradas de por siempre, meditando para sus adentros, el por qué de su existencia.

                Cervantes se queda solo y piensa que algún día estará completo el reparto y haremos la función, en la plaza de San Roque, a las doce de la noche, invitados estarán, todos ellos ya difuntos, que aplaudían nuestros desvelos.

                 El tañer de las campanas vuelve a ser escuchado, mientras la oscuridad disimula, la figura que se aleja de esta escena terrenal.   

  

Leave a Reply