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El Duelo

Posted in Historias by Guillermo Smith on the January 17th, 2001

            Hoy, que en mis sienes lucen canas y mi rostro acusa los surcos que mis arrugas han formado al paso del tiempo, mi caminar se ha encorvado y tornado incierto y el espejismo de mi juventud se ve lejano.
            94 años de edad, mas no de vida, cargan a cuestas mis cansados pasos, mis vestidos negros de pesado luto cubren el cuerpo de esta anciana triste que rumia sombría su pasado ausente.
             Mi familia se ha ido yendo uno a uno, mis padres, hace tiempo ya, mis hermanas no hace mucho, hijos no los tuve, pues hasta el presente he permanecido siendo virgen, los sobrinos hace años que no me visitan y a mi confesor, hace tiempo que Dios lo llamó a Su regazo.
            Mi  casa, tres veces centenaria, hace años está en silencio, sus gruesos muros son mi encierro voluntario, sus cortinajes permanecen cubriendo el paso de la luz y de miradas indiscretas.
            El mundo afuera ha cambiado, oigo de guerras y revueltas, hay luz que ilumina la calle y la esquina que da al Truco, pero en fechas cotidianas, como Semana Santa y Día de La Virgen de Los Dolores, sigo viendo pasar a los que van a la visita de los Siete Templos y las jóvenes que, ataviadas con vestidos floreados, lucen su talle fino.
            Estas jóvenes muchachas son hijas de aquéllas que hace 20 años vi pasar en el mismo derrotero.
             Mas no siempre fui vieja y sola, nací en la opulencia de mi distinguida familia, hija y nieta de los Castañeda, dueños de minas de Guanajuato.
            Mis dos hermanas menores eran tan hermosas como lo era yo, pero se decía que yo sobresalía por mi carácter alegre y atrevido.
            Las tres destacábamos en las tertulias de la alta sociedad de ese entonces, que era representada por algunas familias de la clase social a la que pertenecíamos aquellos luminosos días de 1852.
            De las tres, yo era la que tenía novio, pues a mis 18 años era la más solicitada por los galantes caballeros de la época.
             Marcelino era un joven guapo que pertenecía a una distinguida familia, cuyos antecesores habían destacado en la política y las armas al servicio de nuestra Patria. Su padre Don Ignacio Rocha, era un notable regidor de la ciudad, ingeniero en obras de aguas.
            Mis recuerdos vagan en aquellas tardes de domingo, en los paseos del parque de la Presa de La Olla, las kermeses en el jardín de El Cantador, las citas en el jardín de La Unión, bajo el embrujo de la música de la banda y los saraos en casa de los Goerne.
            Mi noviazgo empezó con la primavera, creció mi amor en el verano y por causas del destino, llegó ese aciago diciembre.
            Como era la costumbre, las familias se visitaban para esas fechas y el día de la Iluminación de la Plaza de La Paz, se organizó una soiré danzante en casa de Amado Delgado, a la que acudió todo Guanajuato, Los Malo, Los Rubio, Los Castelazo, Los Alcazar, Los Parkman y Los Reynoso.
             Las mazurcas y los valses se escuchaban por doquier, las galas de satín y razo y bellas telas de seda engalanaban a las damas, todo ello rematado con el abanico de marfil y nácar.
            Estas tertulias empezaban a las 7 de la noche y para las 8, yo volteaba repetidamente a la entrada, esperando al amor de mis amores. Y al filo de esa hora, llega Él acompañado de un joven singular, de pelo ensortijado, mirada penetrante, soltura en el andar y sonrisa a flor de boca. Me fue presentado como primo hermano de mi novio y cuando tomó mi mano, sentí que algo penetraba  mi ser y una sensación extraña se apoderó de mi. Solté su mano instintivamente y salí a bailar con Marcelino, pero en mi cuerpo sentía ese mirar y el brillo de sus ojos que me seguía por todos lados.
            Los días siguientes fueron un tormento en mi vida, pues los encuentros fortuitos en las calles y reuniones me llenaban de incertidumbre, ante la disyuntiva de mi amor por Marcelino y la atracción que ejercía en mi Manuel.
            Mi carácter alegre y la coquetería propia de mi edad fue mi pecado, pues un guiño de mis ojos y una cómplice sonrisa, hizo mella en este joven, que por medio de Ildefonsa, mi nana de la infancia, en papel de Celestina, concretó discreto encuentro.
             La cita fue en la compuerta de la presa de San Renovato, al caer el atardecer.
            Las palabras se cruzaron como flechas en el cielo, hablamos de nuestras vidas y nuestros seres queridos, llegando al común acuerdo que el eje de nuestros destinos era el amor a Marcelino, en mi como el hombre amado y en Él por fraterno sentimiento.
            Con gozo de nuestra decisión nos despedimos con un abrazo.
            Qué nefasta es la vida a veces, que dio pie aquella tarde, a que por adversas circunstancias contemplara aquella escena el dueño de mi corazón, que con furia incontenida, increpa a Manuel, cruzando con su guante su rostro sorprendido y retándolo a duelo a muerte.
             En la noche se siente la agitación, los padrinos se entrevistan en casa de los Ibargüengoitia, las noticias son confusas. Mi nana intenta hablar con Marcelino para aclarar esta ingrata confusión, pero nunca es recibida y crece en mi la consternación. La noche pasa como una eternidad y al filo de las 6 de la mañana entra Ildefonsa gritando, con el rostro descompuesto, en medio de grave llanto.
            Se ha escuchado un disparo por el cerro de San Miguel, que como es de todos sabido, está a espaldas de la Iglesia de San Diego.
            Pasan minutos de azoro y al llamado a Misa de 7, se escucha un murmullo en la calle, me abalanzo hacia la puerta y al abrirla bruscamente, se me hiela el corazón. Es Manuel, que en brazos lleva el cuerpo exánime de Marcelino. En el pecho muestra una mancha que enrojece su camisa a causa del disparo recibido.
            Llega la acordada y prende a Manuel en cuyo rostro se refleja el desamparo y el dolor que le provoca el haber dado muerte a su primo hermano y su corazón arrepentido busca el perdón del Dios omnipotente.
             Mi congoja es manifiesta y en mi mente se presenta la función que es mi vida, en la que el drama inesperado hace garras mi interior.
            Cierro la puerta y en secreto manifiesto, hago votos de pureza y ante Dios como testigo, juro que el mundo exterior ya no es parte de mi vida y condeno mi existencia a la eterna soledad.

            Nunca más salí a la calle y pasar la vida vi, hasta hoy que con mis penas cargo a cuestas mi sufrir; mis ojos miran cansados y en mi mente en confusión, mis recuerdos se me alejan, pido a Dios Su bendición y por Manuel Su perdón.


P.D. Hoy en la tarde fue enterrada la virtuosa señorita Ana Castañeda Rubio, en una tumba del Panteón de Santa Paula, al lado de una antigua lápida, en la que se lee, en las desgastadas tallas de sus letras: Marcelino Rocha Iramategui.

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